Entender qué pasa hora tras hora te ayuda a saber dónde intervenir para sentirte mejor
Al empezar a trabajar los ojos están frescos y enfocados. Pero ya en los primeros minutos el ritmo de parpadeo empieza a caer. La superficie ocular se va resecando poco a poco sin que lo notes.
Los músculos que controlan el enfoque empiezan a notarse. Si el monitor está mal colocado o hay reflejos en la pantalla, el esfuerzo se multiplica. Puede aparecer una ligera sensación de peso en los párpados.
Sin pausas ni ajustes en el entorno, a esta altura del día aparece el ardor, el picor o la dificultad para mantener el foco. La tensión cervical empieza a sumarse al malestar visual porque los músculos del cuello también se han cargado.
Con el monitor a la altura correcta, la luz bien orientada y pausas breves regulares, los ojos llegan al final de la jornada sin ese malestar acumulado. Es la diferencia entre un espacio que trabaja a tu favor y uno que trabaja en tu contra.
No todos los elementos del espacio de trabajo tienen el mismo impacto en los ojos. Estos tres son los que más diferencia hacen
La altura, la distancia y el ángulo de la pantalla determinan cuánto trabajan los músculos del ojo y del cuello durante el día. Es el factor más fácil de corregir y el que más efecto tiene.
La cantidad de luz, su dirección y si crea reflejos en la pantalla son determinantes. Una habitación bien iluminada de forma lateral puede reducir mucho la tensión ocular acumulada.
Aunque el espacio esté bien montado, trabajar sin pausas sigue siendo perjudicial. Parpadear conscientemente y mirar a lo lejos cada rato son hábitos pequeños con un impacto grande.